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Alucine de los cien demonios y el violeta neón

Son nuestras manías detrás del púrpura sagrado de un limonero las que aprietan suave la nariz para ahogarnos en cien desprecios. Me consumo en el miedo, pero nos salva la apatía y nos dirige hasta el feliz lodo de las zarzamoras calientes y podridas. Besamos entre sollozos que alegran al depresivo benefactor de ánimas, aquel que nos persigue junto a la bicicleta que carga cien violetas con olor a gladiolas negras. Pensamos en ser corruptos cuando fastidiamos al enamorado. Ese indeciso enamorado que aquella vez dejó moradas las guayabas del naranjo. Aquel cien veces caído en los panteones. Me despierto, nos despertamos cuando la mermelada se ha desmoronado en cien pedazos de alfiler que nos degüellan el habla, y sabe ácida pero picante. Corremos cien kilómetros a la orilla del terregal neón que pierde sangre entre las olas de tréboles azules, cada que los ojos lilas desprecian cien de mis manías. Censuraron el púrpura sagrado del limonero, pues nos ha dejado sin hablar, muriendo púrpura junto a los desconocidos en la casa cien; la que ya no tendrá sabor a violeta porque cien demonios nos han hecho callar el dolor de la última fiesta.


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